viernes, 14 de octubre de 2016

Martina II

Martina no solía temblar por nada. Pero esa tarde estaba petrificada, sintiendo el vacío del aire que se cortaba en seco sobre su rostro. Sentía que se mojaba toda su piel, los labios secos y la inevitable sensación de querer mirar siempre hacia la misma dirección. Martina era un huracán hirviendo. Un cruce de miradas podía durar una eternidad. Y la eternidad era ese espacio entre ambas mirada.
Para definir en una palabra aquel momento, su mente hubiese divagado entre la tensión, los nervios, la intriga y la excitación. Será acaso que lo misterioso seduce, se decía Martina en sus pensamientos pero la verdad era que no tenía mucho sentido discutir con ella misma. ¿Acababa de ser arrancada de su mente sin darse cuenta? Para Martina la vida solía tratarse de momentos pero nunca uno así, tan desorganizado y confortante. 
Martina intentó decir una palabra, un sonido intimidante, algo que transmitiera -le hiciera sentir- seguridad. Solo podía suspirar y sentirse una niña de diez años. Pero algo debía hacer. En cualquier momento la eternidad se esfumaría delante de sus narices. 

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